Las papas fritas de Proust

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Hacía ya muchos años que no existía para mí Ramos Mejía más que como un lugar remoto y casi olvidado, cuando un día de invierno, al volver a casita, mi vieja, viendo que yo estaba cagado de frío, me obligó a que morfara, en contra de mi costumbre, un plato de papas fritas. Primero dije que no; pero luego, andá a saber por qué corno, acepté. Mi vieja me trajo unas papas fritas caseras, largas y gruesas, de formas irregulares, cortadas a mano, hundidas hasta el ahogamiento en aceite y cubiertas por una nevada de sal fina. Y muy pronto, del orto como estaba por el día de mierda que había pasado y por la perspectiva de otro aun más choto por venir, me llevé a la boca una larga papa frita que había agarrado con la mano. Pero en el mismo instante en que aquella papita, con su textura crocante, crujió en mi paladar, se me llenó el culo de preguntas, por haber captado algo muy zarpado que ocurría adentro mío. Un tremendo placer me colmó, me desgarró, sin tener la más puta idea de qué lo causaba. Y él convirtió a todas las mierdas de la vida en cosas indiferentes, sus cagadas en la nada misma y su brevedad en un chamullo, igualito a cómo funciona el sexo, cargándose hasta el tope de una esencia preciosa; pero, hablando mal y pronto, esa esencia no es que estuviera en mí, sino que era yo mismo. Dejé de sentirme un boludo, un cero a la izquierda y un muerto en vida. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan zarpada? Me daba cuenta de que iba unida al sabor de las papas fritas, pero era mucho más grosa y no debía ser la misma cosa. ¿De dónde mierda venía y qué corno significaba? ¿Cómo hacer para entenderlo? Me morfo una segunda papita, pero no me dice más que la primera; luego una tercera, y ahora menos que menos. Basta de morfar, parece que lo bueno de estas papas está decayendo. Está clarísimo que la verdad que yo busco no está en ellas, sino en mí. La papa frita la despertó, pero no tiene idea de cuál es y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con menos intensidad y más colesterol, ese no sé qué que no sé interpretar y que quiero volver a sentir dentro de un cachito y encontrarlo tal cual a mi disposición para llegar a una aclaración de una vez. Dejo las papas fritas y me vuelvo hacia mi alma. (¿Creo en el alma o uso el término para referirme a la porción idiota de mi cerebro?). Ella es la que tiene que cachar a esta verdad. ¿Cómo carajo? Tremenda incertidumbre ésta, cuando el alma se siente superada por sí misma, cuando ella, la que anda buscando, es el mismo rincón sucio y oscuro donde tiene que buscar, y nada le sirve para hacerlo. ¿Buscar? No sólo buscar, también crear.

Y de golpe el recuerdo aparece. Ese sabor crujiente, irregular, salado y baboseado de aceite es el que tenían las papas fritas que mi abuela Isabel me preparaba, después de cortarlas con sus propias manos y cocinarlas con su amor maternal de abuela, los sábados por la noche en Ramos Mejía (esos veranos que pasaba en su casa, los sábados que volvía tarde de la pileta de natación), cuando íbamos a cenar juntos en el comedor. Ver las papas fritas no me había hecho acordar de nada, antes de embucharlas; quizá porque, habiendo visto tantas, sin comerlas, en las cadenas de comida rápida o en los paquetes de los supermercados, su imagen se había separado de aquellos días en Ramos Mejía para engancharse con otros más recientes; ¡quizá porque de esos recuerdos que hace bocha se dejaron afuera de la memoria no sobrevive ni uno y todo se va haciendo mierda!; las formas externas, como aquellas de fálico amarillo de las papas fritas, con sus cortes y texturas, adormecidas o anuladas, habían perdido el empuje poderoso que las impulsaba hasta la conciencia. Pero cuando no queda nada del viejo pasado, cuando ya se murieron los que querías y todas las cosas yacen desparramadas como bosta, solitos, más frágiles, más vivos, más zarpados y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran como nada, y se acuerdan, y esperan, sobre los escombros de todo, y se aguantan sin caerse, en su impalpable trocito, el tremendo edificio del recuerdo.

Apenas reconocí el gusto del pedazo de papa frita crocante, aceitosa y empolvada en sal que mi abuela me preparaba (aunque todavía ni en pedo me había dado cuenta y tardaría mucho en avivarme de por qué ese recuerdo me ponía tan contento), la vieja casa color verde agua, con su puerta de madera, su jardín brotado de plantas y flores, sus verjas bajitas, con fachada a la calle Chubut, vino a mis recuerdos; y con la casa vino el barrio, el grupo de amigos de la infancia, con quienes jugábamos desde la mañana hasta entrada la noche, y en todo tiempo, la pileta de verano, a donde me mandaban a nadar y disfrutar de las tardes con el mismo grupo de pibes, y las calles por donde iba a hacer los mandados con mi abuela, ella paseando un chango lleno de mercaderías, y el kiosco de revistas de doña Leo, donde mi abuela compraba el periódico para mi abuelo (cuando éste vivía) y yo ligaba alguna revista Billiken o algún comic de superhéroes, que después leía junto a ellos en las tardes de mi primera infancia. Y como ese jueguito de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedazos de papel, que en cuanto se empapan empiezan a estirarse, a tomar forma, ponerse de colores y distinguirse, convirtiéndose en flores o casas o en personajes diversos, así ahora todas las flores del jardín de mi abuela y mi grupo de amigos y los buenos vecinos del barrio y sus casas humildes y el puestito de revistas y Ramos Mejía entero y sus alrededores también, todo eso, barrio y jardines, que van volviéndose reales en forma y consistencia, salen de mi plato de papas fritas.

Parodia de la famosa escena de la magdalena de «En Busca Del Tiempo Perdido I: Por el camino de Swann», de Marcel Proust. Si no tenés ni idea de con qué se come eso, te podés enterar de algo acá: Por el camino de Swann (Wikipedia)

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